
Todos tenemos sueños pero pocos atienden el llamado de estos. Y digo esto con total honestidad, porque hubo un momento en el que yo también estuve a punto de ignorar el mío.
Cuando decidí estudiar mercadotecnia, no lo hice pensando en redes sociales o ventas. Lo hice con la idea de humanizar una carrera que muchas veces se malinterpreta. Para mí, el mercadólogo no es alguien que solo “vende cosas”, es el puente entre una empresa y las personas. Es quien entiende qué les duele, qué les importa, qué necesitan y cómo una marca puede realmente mejorar su vida. Philip Kotler lo plantea claramente: el marketing no se trata de productos, se trata de personas. De aportar valor y significado a sus vidas.
Y esa forma de ver el mundo fue la que, sin darme cuenta, también me llevó a estudiar imagen pública.
Cuando entré al mundo de la asesoría de imagen me di cuenta de algo poderoso… y peligroso. La imagen es un arma de doble filo. Puede transformar, puede empoderar, puede liberar… pero en las manos equivocadas también puede vaciar, superficializar y reducir a las personas a una tendencia o a una apariencia. Y en ese camino me encontré con discursos que no resonaban conmigo. Con prejuicios que decían que la imagen es superficial, que solo se trata de verse bien, de vender, de encajar.
Pero yo no lo veo así.
Yo veo la imagen como algo profundamente humano. Tan humano como la mercadotecnia que estudié. Porque ambas cosas, en el fondo, hacen lo mismo: intentan entender al ser humano y ayudarlo a expresarse mejor en el mundo.
Y en medio de todo eso, pensé en dejarlo.
Porque es cansado luchar contra una idea establecida. Es cansado intentar cambiar la percepción de algo que muchos ya decidieron simplificar. Pero también pensé algo que me cambió la decisión: tenía dos opciones… o me retiraba y dejaba que todo siguiera igual, o hacía un cambio, una persona a la vez.
Y entendí algo que se me quedó grabado: aquellos que están lo suficientemente “locos” para creer que pueden cambiar el mundo, son los que lo cambian. Aceptando que el camino será solitario.
Mi enfoque en la imagen no es el de “transformaciones” ni el de “cambios de clóset”. Porque la vida real no funciona así. Los resultados que tanto admiramos no son magia, son procesos. Procesos largos, incómodos, profundamente humanos. Nadie habla de lo que cuesta convertirse en la persona que tu vida o tu negocio necesita que seas para crecer.
Y ahí encontré mi dirección.
Si iba a ser asesora de imagen, sería una que no recomienda nada que no esté dispuesta a vivir o sostener. Una que se confronte primero a sí misma antes de confrontar a otros. Porque no se enseña desde la teoría, se enseña desde la coherencia. Y eso no es sencillo. Es incómodo. Pero vale la pena.
Vale la pena cuando empiezas a ver resultados. Cuando alguien te escribe y te dice que por fin se atrevió a cambiar su cabello. Cuando alguien se pone esa prenda que llevaba años evitando. Cuando alguien suelta ropa que cargaba años en ese clóset. Cuando alguien pide ese ascenso. Cuando alguien renuncia a ese trabajo o deja una relación que ya no tenía dirección.
Y entonces entiendes que la imagen no es vanidad. Es decisión. Es identidad en movimiento. Es valentía cotidiana.
Hay un momento que siempre me conmueve: cuando alguien está por salir de su zona de confort. El corazón se acelera, las manos sudan, las piernas tiemblan. Yo le llamo el aplauso interno. Es el cuerpo avisándote que estás a punto de cruzar una frontera invisible entre la versión que eras y la versión que estás a punto de ser.
Y ver ese instante… ese brillo en los ojos cuando alguien se reconoce de una forma que antes no se permitía… es algo que no se puede explicar con palabras. Es un privilegio.
Desde mi formación en marketing siempre tuve claro algo: no se trata solo de mejorar lo que haces, se trata de ayudar a otros a contar mejor su historia. Y en ese sentido, las asesoras de imagen nunca somos protagonistas. Somos acompañantes de procesos.
Me gusta ver la asesoría como la historia del David de Miguel Ángel. Dicen que ese bloque de mármol pasó por varias manos que lo consideraron inservible, demasiado dañado, demasiado complicado. Hasta que Miguel Ángel lo aceptó. Le tomó tiempo, trabajo, precisión. Y cuando le preguntaron cómo había logrado hacer algo tan perfecto, él respondió algo que nunca olvidaré: David ya estaba dentro, yo solo quité lo que sobraba.
Así es la imagen.
No se trata de inventarte a alguien nuevo. Se trata de quitar todo lo que ya no eres para dejar salir lo que siempre estuvo ahí.
Y tal vez por eso me quedé.
Porque entendí que esto no es una profesión de estética. Es una profesión humana. De acompañar a las personas a regresar a sí mismas, aunque no sepan cómo se ve eso todavía.
Y si algo me sostiene cada día, es esto: todos tenemos sueños, pero pocos atienden el llamado de sus sueños.
Yo decidí escuchar el mío.
